Aquel maldito día , aquel maldito puerto

Hacia frio. Mucho frío , quizás demasiado. El entorno era completamente hostil y las horas parecían no querer pasar , que digo las horas, ni los minutos iban lo suficientemente rápido para dejar de sufrir aquel suplicio.  El reloj del tiempo parecia haberse parado. O estaria congelado por aquella ola polar que nos estaba azotando ?
La cara de la gente cuando nos veía pasar lo decía todo y no decía nada al mismo tiempo. Metidos dentro de sus coches , con la calefacción funcionando a tope,  miraban entre una manera burlesca y otra de admiración sobre aquellos dos cuerpos helados de frío en aquella noche solo iluminada por esas luces mortecinas de color naranja que suelen iluminar,  como pueden las calles desiertas de los  pueblos pequeños de esa parte de Francia .
Las pestañas se estaban congelando ya cogiendo un color blanquecino al igual que el bigote y la barba. Sólo recuperaban su color con el aire de secar las manos de las áreas de las gasolineras . El frío hacia que el cuerpo solo sintiese pinchazos. Era como si mil agujas estuvieran atravesando cada poro de nuestra piel. Pero algo nos decía en nuestro cerebro que teníamos que seguir avanzando , que a pesar de estar atravesando aquel infierno blanco debíamos seguir y no parar más que lo necesario . El cuero de nuestros trajes de motoristas no lograba apartar aquel frío horrendo de nuestros cuerpos. Paqui detras mío no decía nada. Sólo cuando veía las luces de alguna gasolinera me daba un toque en la espalda y me señalaba con el dedo hacia donde ir . Miguelito unos metros más atrás se iba cagando en todo. En aquel clima , en porque me estaba siguiendo en aquella subida del Porte Pymorens , en que al día siguiente tenía un importante examen en la Universidad , en fin , en todo un poco. A pesar de admitir que se lo había pasado genial todo el fin de semana en aquella reunión de Ducatis perdida en una granja de pollos en el Perigord francés . Enfilamos aquel maldito puerto nevando. Pero no una pequeña nevada no, una de esas que cada copo intenta hundirte a ti y a la moto que llevas bajo el trasero . Los termómetros que graciosamente marcaban la temperatura no hacian más que bajar. El último fue de -18°C. El casco se había soldado con la bufanda que hacía de cortavientos. Era difícil por no decir imposible girar el cuello en los cruces . Las gafas estaban heladas y me impedían ver bien la carretera. Aún así me habían otorgado la tarea de ir abriendo el grupo de dos . A lo lejos se divisaba unas luces de algún vehículo ,así que decidí que había que ir a por el. Era la única manera de salir de allí airosos y sin problemas . Así que poco a poco acelere la marcha y acabe encontrando a aqueo camión. Un maravilloso camión que con sus roderas.nos iba diciendo por donde pasar con las estrecha rueda delantera de nuestras Guzzis de aquella época. Poco a poco llegamos a la cumbre. Venía lo peor , la bajada , así que pues a tierra y resbalandolos como crío pequeño el día que se monta por primera vez en una bici fuimos haciendo malabarismos hasta llegar abajo del valle. Donde por suerte solo llovía. Mire a Miguelito y a Paqui y nos pusimos a reír como locos. Habíamos ganado la batalla. Nos habíamos ganado una buena comida en Puigcerdà donde la ciudad nos recibió con unos estupendos -4°C. Hasta teníamos calor. Pero esa es otra historia. Esta fue tan real como la he contado. Supongo que como muchos de vosotros lo habéis pasado algún invierno con vuestra moto .

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